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26-04-2006
Descripción:
“Teniendo entre mis manos las trenzas de MarÃa y recostado en el sofá en que Emma le habÃa oÃdo sus postreras confidencias, dio las dos el reloj; él habÃa medido también las horas de aquella noche angustiosa, vÃspera de mi viaje; él debÃa medir las de la última que pasé en la morada de mis mayores.
Soñé que MarÃa era ya mi esposa: ese castÃsimo delirio habÃa sido y debÃa continuar siendo el único deleite de mi alma: vestÃa un traje blanco vaporoso, y llevaba un delantal azul, azul como si hubiese sido formado de un jirón del cielo; era aquel delantal que tantas veces le ayudé a llenar de flores, y que ella sabÃa atar tan linda y descuidadamente a su cintura inquieta, aquel en que habÃa yo encontrado envueltos sus cabellos: entreabrió cuidadosamente la puerta de mi cuarto, y procurando no hacer ni el más leve ruido con sus ropajes, se arrodilló sobre la alfombra, al pie del sofá: después de mirarme medio sonreÃda, cual si temiera que mi sueño fuese fingido, tocó mi frente con sus labios suaves como el terciopelo de los lirios del Páez: menos temerosa ya de mi engaño, dejóme aspirar un momento su aliento tibio y fragante; pero entonces esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los suyos: sentóse en la alfombra, y mientras leÃa algunas de las páginas dispersas en ella, tenÃa sobre la mejilla una de mis manos que pendÃa sobre los almohadones: sintiendo ella animada esa mano, volvió hacia mà su mirada llena de amor, sonriendo como ella sola podÃa sonreÃr; atraje sobre mi pecho su cabeza, y reclinada asÃ, buscaba mis ojos mientras le orlaba yo la frente con sus trenzas sedosas o aspiraba con deleite su perfume de albahaca.
Un grito, grito mÃo, interrumpió aquel sueño: la realidad lo turbaba celosa como si aquel instante hubiese sido un siglo de dicha. La lámpara se habÃa consumido; por la ventana penetraba el viento frÃo de la madrugada; mis manos estaban yertas y oprimÃan aquellas trenzas, único despojo de su belleza, única verdad de mi sueño.”
Web Autor: http://www.edicionesdelsur.com/i ...
Soñé que MarÃa era ya mi esposa: ese castÃsimo delirio habÃa sido y debÃa continuar siendo el único deleite de mi alma: vestÃa un traje blanco vaporoso, y llevaba un delantal azul, azul como si hubiese sido formado de un jirón del cielo; era aquel delantal que tantas veces le ayudé a llenar de flores, y que ella sabÃa atar tan linda y descuidadamente a su cintura inquieta, aquel en que habÃa yo encontrado envueltos sus cabellos: entreabrió cuidadosamente la puerta de mi cuarto, y procurando no hacer ni el más leve ruido con sus ropajes, se arrodilló sobre la alfombra, al pie del sofá: después de mirarme medio sonreÃda, cual si temiera que mi sueño fuese fingido, tocó mi frente con sus labios suaves como el terciopelo de los lirios del Páez: menos temerosa ya de mi engaño, dejóme aspirar un momento su aliento tibio y fragante; pero entonces esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los suyos: sentóse en la alfombra, y mientras leÃa algunas de las páginas dispersas en ella, tenÃa sobre la mejilla una de mis manos que pendÃa sobre los almohadones: sintiendo ella animada esa mano, volvió hacia mà su mirada llena de amor, sonriendo como ella sola podÃa sonreÃr; atraje sobre mi pecho su cabeza, y reclinada asÃ, buscaba mis ojos mientras le orlaba yo la frente con sus trenzas sedosas o aspiraba con deleite su perfume de albahaca.
Un grito, grito mÃo, interrumpió aquel sueño: la realidad lo turbaba celosa como si aquel instante hubiese sido un siglo de dicha. La lámpara se habÃa consumido; por la ventana penetraba el viento frÃo de la madrugada; mis manos estaban yertas y oprimÃan aquellas trenzas, único despojo de su belleza, única verdad de mi sueño.”
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